Joseph Stiglitz: Las opiniones del Nobel de Economía

Joseph Stiglitz es Premio Nobel de Economía 2001 -compartido con Michael Spence y George Akerlof- por sus investigaciones sobre la asimetría de información en los mercados, profesor de Economía en Columbia, presidente del Consejo de Asesores Económicos (1993/1997), y economista jefe y vicepresidente del Banco Mundial.
Transcribimos dos notas de Clarín, del 16/04/06 y 23/04/06.
En una, destaca el papel de China en la economía mundial actual y futura; en la otra, se brindan reflexiones sobre su polémico libro Fair Trade for all (Comercio justo para todos).  Seguir leyendo en VENTADIRECTA·BIZ

Las opiniones del Nobel 2001 de Economía

Son dos notas de Clarín, del 16/04/06 y 23/04/06.
En una, se destaca el papel de China en la economía mundial actual y futura; en la otra, se brindan reflexiones sobre su polémico libro Fair Trade for all (Comercio justo para todos)

1- El cambio económico chino hace historia
2- La liberalización comercial no favorece a todos los países por igual


1- El cambio económico chino hace historia

Nunca antes se había visto un crecimiento tan sostenido; nunca antes había habido un nivel tal de reducción de la pobreza. China lo está haciendo, mientras mejora la situación material de casi un cuarto de la población mundial.
COLUMNISTA INVITADO: Joseph Stiglitz. Premio Nobel de Economía, profesor en la universidad de Columbia.

China está a punto de adoptar su undécimo plan quinquenal, fijando el escenario para la continuación de la más notable transformación económica de la historia, mientras mejora la situación material de casi un cuarto de la población mundial. Nunca antes el mundo había visto un crecimiento así de sostenido; nunca antes ha habido un nivel tal de reducción de la pobreza.Parte del prolongado éxito de China ha sido su combinación casi única de pragmatismo y visión: una vez más China ha dejado en claro que busca aumentos sustentables y más equitativos en los estándares de vida reales.

China se da cuenta de que ha entrado en una fase de desarrollo económico que está significando enormes e insostenibles exigencias sobre el medio ambiente. A menos que haya un cambio de rumbo, los estándares de vida terminarán viéndose afectados. Por esta razón, el nuevo plan de cinco años pone gran énfasis en el medio ambiente.

Varias de las zonas más atrasadas de China han estado creciendo a un ritmo que sería prodigioso, si no fuera por el hecho de que algunas partes del país están creciendo incluso más rápido. Si bien esto ha reducido la pobreza, ha aumentado la desigualdad, con cada vez mayores disparidades entre las áreas rurales y urbanas, y entre las zonas costeras y el interior.

El Informe de Desarrollo del Banco Mundial de este año explica por qué la desigualdad —y no sólo la pobreza— debe ser una preocupación, y el undécimo plan quinquenal de China ataca el problema de frente. Por varios años el gobierno ha hablado de una sociedad más armoniosa, y el plan describe ambiciosos programas para lograrlo.

Además, China reconoce que lo que separa a los países menos desarrollados de los desarrollados no es sólo una brecha en los ingresos, sino también una brecha en el conocimiento. De modo que ha diseñado un audaz plan no sólo para reducirla, sino además crear una base para la innovación independiente.

El papel de China en el mundo y en la economía mundial ha cambiado, y el plan también lo refleja. Su crecimiento futuro tendrá que estar basado más en la demanda interna que en las exportaciones, lo que exigirá un aumento del consumo.

De hecho, China tiene un problema poco común: un nivel de ahorro excesivo. La gente ahorra en parte debido a la debilidad de los programas de seguridad social del gobierno; el fortalecimiento de la seguridad social y la salud pública simultáneamente reducirá las desigualdades sociales, aumentará la sensación de bienestar de los ciudadanos y promoverá el consumo.

China es un país grande, y no podría haber logrado el éxito que ha tenido sin una descentralización generalizada. Pero las descentralizaciones plantean sus propios problemas.

Por ejemplo, los gases de invernadero son problemas globales. Mientras EE.UU. dice que no hará nada al respecto, las altas autoridades de China han actuado de manera más responsable. Se lanzaron ya nuevos impuestos ambientales sobre los automóviles, la gasolina y los productos forestales.

China utilizó mecanismos basados en el mercado para abordar los problemas medio ambientales suyos y globales. Sin embargo, las presiones sobre las autoridades de los gobiernos locales para que creen crecimiento económico y empleos serán enormes. Se verán muy tentados a aducir que si EE.UU. no puede producir de un modo que preserve el planeta, ¿cómo podrían hacerlo ellos? Para traducir su visión a acciones, el gobierno chino necesitará sólidas políticas, como los impuestos medioambientales que acaba de aplicar.

Al avanzar hacia una economía de mercado, China ha desarrollado algunos de los problemas que han afectado a los países desarrollados: intereses particulares que disfrazan sus argumentos egoístas tras un tenue velo de ideología de mercado.

Algunos argumentarán a favor de la economía del derrame: no nos preocupemos por los pobres, ya que finalmente todos terminarán beneficiándose del crecimiento. Y algunos se opondrán a las políticas sobre competencia y a la existencia de sólidas leyes sobre el manejo de las corporaciones: dejemos actuar a la ley de la supervivencia darwiniana. Se plantearán argumentos centrados en el crecimiento para oponerse a la existencia de políticas sociales y medioambientales sólidas: por ejemplo, se dirá que “si suben los impuestos al combustible, eso significará la asfixia de nuestra naciente industria automotriz”.

Estas supuestas políticas procrecimiento no sólo no lo crearían, sino que pueden amenazar la visión misma del futuro de China. Hay una sola manera de evitarlo: un debate abierto de las políticas económicas, con el fin de poner al descubierto las falacias y dar espacio para que surjan soluciones creativas a los muchos retos que enfrenta China hoy en día.

Las economías de mercado no se regulan por sí mismas. No se pueden simplemente dejar en piloto automático, especialmente si uno quiere asegurarse de que todos disfruten de los beneficios. Sin embargo, no es fácil administrar una economía de mercado. Como un malabarista, se debe responder constantemente para equilibrar los cambios económicos. El undécimo plan quinquenal de China da una hoja de ruta para esa respuesta.

Copyright Clarín y Project Syndicate, 2006.

http://www.clarin.com/diario/2006/04/16/opinion/o-03002.htm


2- La liberalización comercial no favorece a todos los países por igual

“Comercio justo para todos”, reclama el premio Nobel Joseph Stiglitz desde el título de un libro que contradice postulados clásicos. Por Robert B. Reich. ECONOMISTA*

El debate no es precisamente nuevo. Tengo en mi biblioteca un volumen titulado Which? Protection or Free Trade? (“¿Protección o libre comercio?”), publicado por H. W. Furber en Boston en 1888. Eso viene a ser setenta años después de que David Ricardo sugirió por primera vez que las ganancias del comercio superan las pérdidas, independientemente de si los socios comerciales son más o menos avanzados económicamente, dado que cada país va donde está su ventaja comparativa. La mayoría de los economistas aceptan hoy el argumento de Ricardo, aun cuando el debate sobre los méritos del libre comercio continúa.

Un debate actual tiene que ver con cómo deberían repartirse los beneficios del comercio. Durante la década del 90, el llamado “consenso de Washington” de los funcionarios del FMI, el Banco Mundial y el Tesoro estadounidense consideró que la mejor manera de que los países en desarrollo crecieran era que bajaran rápidamente sus barreras comerciales y desregularan sus mercados.

Pero esa receta no funcionó particularmente bien, aun cuando sigue moldeando la política comercial estadounidense. Con excepción de China e India, la brecha entre países ricos y pobres siguió ampliándose.

El objetivo de las tratativas comerciales iniciadas en Doha, Qatar, en el 2001, era corregir ese desequilibrio, pero no han llevado a ninguna parte. Los países pobres piensan que los más ricos siguen ofreciéndoles un acuerdo injusto.

En su provocativa obra Fair Trade for All (”Comercio justo para todos” ), Joseph Stiglitz, profesor de economía en Columbia y Andrew Charlton, investigador de la London School of Economics, sostienen que los países pobres tienen razón. Para ellos sería mejor ir gradualmente hacia la liberalización, cada uno según sus circunstancias.

Stiglitz es alguien a quien hay que escuchar. Premio Nobel de Economía en el 2001 por su trabajo pionero en la economía de la información, fue presidente del Consejo de Asesores Económicos entre 1993 y 1997 un período durante el cual asistimos muchas veces a los mismos encuentros en la Casa Blanca; después fue economista jefe y vicepresidente del Banco Mundial. En otras palabras, Stiglitz estaba en Washington cuando se forjó el consenso de Washington. Pero fue un disidente y en los últimos años ha sido un crítico frontal de las políticas de Washington.

Stiglitz y Charlton muestran que las hipótesis económicas estándar son incorrectas en lo que hace a muchas economías en desarrollo. Cuando los mercados en el Africa sub-sahariana y en otros lugares se abren, suele ocurrir que la gente no puede pasarse fácilmente a nuevas industrias en las que el país tiene ventaja comparativa si los sistemas de transporte son primitivos, las viviendas, inadecuadas y la capacitación laboral, escasa. La mayoría de la gente carece de acceso al crédito o a los seguros porque las instituciones financieras son frágiles, y así no pueden emprender sus propios negocios o aprovechar las nuevas oportunidades que el comercio podría abrir. Muchos países pobres ya tienen alto desempleo, y la pérdida de trabajos en el nuevo sector comerciado puede agudizarlo.

Por lo tanto, sostienen los autores, el ritmo en el cual los países pobres abren sus mercados debe coincidir con el desarrollo de nuevas instituciones —rutas, escuelas, bancos, etc.— que faciliten esas transiciones y generen oportunidades reales. Dado que muchos países pobres no pueden pagar las inversiones que hacen falta para construir esas instituciones, los países ricos tienen la responsabilidad de colaborar.

“Más mal que bien”

Si faltan esas otras instituciones, dicen los autores, el comercio por sí mismo puede hacer más mal que bien. Stiglitz y Charlton señalan que la desigualdad aumentó con la liberalización del comercio en Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica y Uruguay. A diez años del inicio del NAFTA, los salarios reales de México son menores que antes y han aumentado la pobreza y la desigualdad. Muchos de los puestos industriales que se abrieron en México al comienzo del NAFTA, se perdieron después a manos de China, en parte porque China invirtió fuertemente en educación e infraestructura, mientras que México, sin ingresos arancelarios, no puedo afrontar esos gastos.

Según Stiglitz y Charlton, todos los países en desarrollo que lograron un crecimiento rápido protegieron en alguna medida su mercado hasta estar preparados para desmantelar sus barreras comerciales. China, por ejemplo, dio el salto en su crecimiento en la década del 70, antes de eliminar sus barreras.

Además, advierten los autores, no hay un traje que les cuadre a todos. Los países ricos no deben obligar a todos los países pobres a someterse a las mismas reglas de apertura de mercados. Los países pobres tienen distintas necesidades. Están en diferentes estadios de desarrollo económico (agricultura de subsistencia en buena parte de Africa y algunas de Asia, agricultura orientada a la exportación en América Latina y otros sitios de Asia, fase temprana de industrialización en otros). Tienen diferentes capacidades políticas e institucionales.

Los países ricos, además, deberían realizar reformas ellos mismos, escriben Stiglitz y Charlton. No deberían seguir protegiendo a sus productores textiles, subsidiando a sus agricultores (la ley estadounidense de agricultura del 2002 incrementó los pagos al agro en 83.000 millones), protegiendo sus industrias marítimas y de la construcción o imponiendo multas a los países pobres con el argumento de que hacen dumping. Más aún, los autores sugieren que todos los países de la OMC deberían comprometerse a darles un pleno acceso de libre mercado a todos los países en desarrollo más pobres y menores que ellos.

Finalmente, los países ricos deberían permitir que los trabajadores no calificados de los países más pobres puedan migrar temporariamente, para ganar dinero para enviar a sus hogares.

Sorprendentemente, aunque haya pasado años en Washington, Stiglitz no responde la siguiente pregunta: ¿Cómo se les puede vender esa agenda tan generosa a los países más ricos? Sus dirigentes están en un callejón, en la medida en que muchos de sus propios ciudadanos también están perdiendo empleos y experimentando mermas en sus ingresos y culpando a la globalización, con o sin razón, por sus padecimientos. Después de todo, fueron estadounidenses quienes marcharon y protestaron contra la OMC en Seattle, en diciembre de 1999.

Y hace pocos meses, con un republicano en la Casa Blanca y un congreso dominado por republicanos, y con el sólido apoyo de las grandes empresas del país, el modesto CAFTA se abrió camino trabajosamente en la Cámara de Diputados, por sólo dos votos.
“Los ricos se enriquecen”

Stiglitz y Charlton señalan que los acuerdos comerciales deberían ser vistos como presuntamente injustos si dejan ganancias desproporcionadas a los países ricos. Pero les falta decir que en el interior de los países ricos el libre comercio ya está beneficiando desproporcionadamente a quienes tienen más educación y mejores conexiones. Los ricos se están enriqueciendo mucho más mientras que la clase media se está empobreciendo. De hecho, los mecanismos de ajuste que los autores ven que faltan en la mayoría de las economías en desarrollo —buenos colegios públicos, infraestructura moderna y redes de seguridad social adecuadas— existen cada vez menos incluso en los EE.UU. El libre comercio genera, seguramente, los beneficios que Ricardo le adjudicaba. Pero hasta que esos beneficios se distribuyan más —dentro de los países ricos así como entre ricos y pobres— podemos despedirnos de cualquier esperanza sobre futuras rondas de libre comercio.

*PROFESOR UNIVERSITARIO Y EX SECRETARIO DE TRABAJO DE LOS EE.UU. ES AUTOR, ENTRE OTROS LIBROS, DE “REASON”.

TRADUCCION DE CLAUDIA GILMAN
http://www.clarin.com/suplementos/economico/2006/04/23/n-01001.htm

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